sábado, 8 de octubre de 2011

Los Ojos Grises.


Imagen tomada de Internet.


El piso se quedaba en buhardilla y la cama era una rinconera de estuco adosada a la pared. Era un verano de días sofocantes y noches sin estrellas. Despertaba cansado, encogido de través junto a Alicia.
Sentado en la cafetería “El Brocal,” recogía la mosquita que había caído en el café, cuando ella cruzó. Pasó caminando deprisa, el labio mordido, un collar de perlas grises y un matorral de cabello azabache sujeto con un pañuelo verde. Se detuvo un instante y siguió caminando. Pagué, me levanté y la seguí.
Aquel día averigüe que trabajaba en la peluquería “afro” que había en la esquina de la Calle Mesón de Paredes con Embajadores, y se llamaba Belice.

En aquella época yo tenía un pequeño negocio de restauración en el centro. Aparte de trabajar catorce horas diarias, comprar, servir a los clientes y yacer con Alicia sosteniendo un amor insostenible, no hacía nada relevante, excepto emborracharme y vomitar amaneceres.
Desde entonces, cada día, yo estaba sobre las diez sentado en el bar El Brocal para verla pasar al otro lado de la cristalera con el cigarrillo en la boca y la mirada perdida.
Un día, Alicia quiso hacerse un peinado, le sugerí la peluquería “afro,” me dijo que ir sola le causaba embarazo. Esperaba que lo dijera.
Entramos, nos envolvió un perfume denso. El mismo aroma desprendía Belice cuando me acomodé a su lado. Por primera vez, cohibido, la miré a los ojos: Eran torbellinos de pasión de un gris intenso. Belice era de un país de África, no recuerdo cuál. Hay tantos, todos tan pobres y desdichados... Trabajaba tarareando una melodía que repetía sin cesar.
Desde aquel día cambié de peluquería, me cortaba el pelo Belice.
Siempre pensaba en decírselo; en invitarla a salir, la palabra nunca brotó de mis labios.

En Semana Santa, en Madrid, a todos les da por viajar, Alicia no era la excepción. ¿La echaba de menos? No, para qué. Tenía el colchón para mí y, además, a Belice.
Luego regresaba, y cuando le hacía el amor pensaba en Belice; tras el trabajo salía, tomaba una copa en un bar y me quedaba observando fijamente a las muchcahas, y cualquiera de ellas o todas, se convertían en Belice; caminaba y oía la melodía de Belice; comía y Belice estaba a mi lado; me duchaba con Belice...
De pronto nada importaba sino estar al lado de Belice. Empecé a necesitar ir todas las semanas a la peluquería para cortarme el cabello y sentir las manos de Belice, el aliento de Belice, el sudor de Belice, la sonrisa de Belice, hasta que acabé sin cuero cabelludo y rapado y sin embargo, eso tampoco me afectó.
Un día desperté y descubrí, primero con estupor y a continuación con regocijo, que Alicia había desaparecido y en su lugar olía a Belice. Giré sobre el colchón y todo estaba blanco y limpio. Se abrió la puerta y Belice entró portando una bandeja con el desayuno, la depositó a mi lado, me acarició la nuca y dijo:
— Desayunas y luego te vas a la peluquería. Te espero.
Aprendí a vivir en armonía. Estaba con ella a todas horas. Me bañaba, me daba el desayuno, la comida, la cena, hasta que dejó de llamarse Belice y pasó a ser la celadora de un hospital, y yo me recuperé de la enfermedad.

Volví a mi barrio. Encontré la buhardilla conservada y pagada; nunca supe por quién. No volví a ver a Alicia.
Vagué sin rumbo hasta que comprendí que sólo me sustentaba un deseo: Volver a ver a Belice. No supe a quién recurrir ni qué hacer hasta que alguien me dijo lo de la ONG en África.
Estuve en muchos países y tropecé cincuenta, cien veces, con Belice. Nada más verla corría a ella, la tomaba de las manos, se giraba y me encontraba con unos ojos negros como simas que me miraban gentiles o furiosos, y no eran nunca los de ella.

Desalentado y sin saber qué hacer terminé por recurrir a un chamán. Cuando supo que buscaba a una persona me pidió un objeto de su pertenencia. Le di el collar de perlas que me había regalado. Una vez lo tuvo en sus manos, se le volvieron los ojos en blanco, experimentó una sacudida, volvió a mirarme y preguntó:
— ¿Tiene los ojos grises, como las perlas del collar, verdad?
Asentí. La expresión de su semblante cambió, echó la cabeza hacia atrás, gorjeó, me volvió a mirar y preguntó:
— ¿Cantaba?
Ilusionado, asentí otra vez.
Su boca se abrió y de su voz nació una melodía y finalizó. Cerró los puños y proclamó:
— Es Dahomey, un cántico de adoración y ayuda a los espíritus.
Prosiguió:
— Si tiene ojos grises es porque nació entre las perlas grises del Níger. Es un alma resucitada por un hechicero y vaga con una sola razón: robar el corazón de quienes enamora. No vuelvas a ella. Está poseída, funde el collar, es su corazón.
Tomándome por un brazo, siguió:
— Escúchame. Sólo dos clases de hombre tienen los ojos grises. Unos, los mercenarios blancos que asesinan, y otros, los "kikongo nzambi."1 Suelen ser mujeres y hombres de aspecto saludable que vagan por el mundo.
Sonrió y me invitó a que lo siguiera hasta el oscuro interior de la choza, se dio la vuelta con un tarro, y me dijo:
— Aquí hay diez mil novecientas cincuenta semillas obtenidas de una planta para que la magia del vudú sea blanca y tenga efectos apacibles que oculten tu enfermedad. No dejes de tomar una un solo día de tu vida y vivirás feliz durante los treinta años que te duren. Si se te acaban y sigues con vida, mejor será que mueras o vuelvas a buscarme. Seguiré estando aquí, siempre ha sido así.

Regresé a España, abrí un negocio, me casé con una joven gitana y fui muy dichoso, nunca le conté mi secreto. Al segundo año tuvimos una hija.

Sus ojos son grises.

NOTA 1: Kikongo nzambi: zombi

José Fernández del vallado. Josef. Abril 2011.


sábado, 20 de agosto de 2011

Movimientos orquestados de figuras...

video 

Por josé Fernández del Vallado. josef.


viernes, 10 de diciembre de 2010

Solaz Ebriedad.




















 La mañana en que fui declarado culpable y acusado a cuatro años de pena por atropellar a un transeúnte circulando en estado de ebriedad, estaba sentado en uno de los bancos de madera de teka de la audiencia. Tenía los labios oprimidos, la expresión tensa, y mis ojos, abiertos de par en par, apenas parpadeaban mientras permanecían inmóviles sobre el rostro de la juez. Aunque hubiera bastado conque uno solo de aquellos distinguidos magistrados me dedicara unos instantes de atención, para precisar que yo en realidad no escuchaba. Era cierto, ni siquiera estaba presente. Me había ausentado. Para ser exactos lo que se había interrumpido era mi cerebro.

Era curioso, pensé. Podía ver a Cristina como si la tuviera frente a mí.

¿Era hermosa? Más que eso. Veía su semblante de sonrisa desenvuelta resaltar sobre su piel de fogosa andaluza. Su nariz fina y perfilada, su cabello oscuro con tonalidades rojizas, y aquellos ojos almibarados capaces de dosificar por igual odio y pasión, que ciertas veces reflejaban un inexplicable destello de temor. Por ello, no era aconsejable adentrarse en sus canales sin correr la posibilidad de perderse en un laberinto de dudosa oscuridad y peligro.
Recordaba el día anterior a que todo sucediera, de eso hacían casi cuatro años. Aunque la distancia y el paso del tiempo apenas habían hecho mella en mi ánfora de vidrio, donde todo continuaba conservándose igual. Ese día hicimos nuestro tercer aniversario como pareja. Dejé atrás mi trabajo. Una firma de contabilidad donde todo funcionaba en base a sumar y restar, y en la que yo sólo era un número con un sueldo que fluctuaba al impreciso ritmo de la bolsa.

Iba a recogerla a su casa. En la carretera, como torrentes de agua translúcida, los destellos tibios del sol iluminaban mi semblante transpirado, en el cual se perfilaba una indecible sonrisa de satisfacción. A mi lado, dentro de un paquete verde, unos preciosos jeans, un juego de pulseras de bronce, y en mi bolsillo, en una cajita negra aterciopelada, mi sueño: El anillo de compromiso.

Vino a mí apresurada, con su adorable andar patizambo; jadeaba de ansiedad y regocijo. Nos dirigimos al parque, caminamos poco y en seguida nos sentamos en un banco. Le entregué la bolsa. Comenzó a ojear los regalos con detenimiento. Los jeans le encantaron. No pudo resistirse; sonriendo se ocultó bajo unos aligustres y se cambió. Le quedaban perfectos. Me sabía sus medidas de memoria. Nos besábamos, pensaba en hacerle entrega del anillo cuando una nube comenzó a cubrir el sol lentamente y en instantes la tímida llovizna se transformó en precipitada tormenta.

Abrazados, cubriéndonos con la bolsa y los viejos pantalones, sin cesar de reír escapamos al coche. Y cuando estuvimos dentro, empapados, permanecimos en silencio. El atardecer se diluía y ella... ella era una sombra dulce de ojos brillantes. ¿Quién era? ¿De dónde venía? Sostuve siempre que se trataba de una diosa naciente que acudió para salvarme cuando estaba perdido en situación de luz roja en la ciudad. Y estaba allí, conmigo. Sus senos oscuros, de pezones rojizos suaves como aglutinante; sus labios rosados y carnosos; sus manos, ágiles almohadilladas de felino; su cabello suave y brillante: “Mírame, acaríciame, deséame. Unamos vidas y desamparos.”

Perdí la confianza en existir cuando mi mejor amigo murió en un terrible accidente. Ella me enseñó como respirar de nuevo en la agonía de la ciénaga. En cambio ahora mi exterior seguía inmóvil, en apariencia establecido, fijado en el banco de la fría sala de audiencias. Mientras mi interior se agitaba y casi gemía, en tanto contemplaba evolucionar aquel perfil sugestivo, cuyos rasgos de espectro felino se despojaban de los jeans que le compré para permitir unirme a ella. Sus piernas largas, pulidas, extremas, nuestros agitados vahídos. El auto se convirtió en un generador de calor apasionado, donde rompimos a sudar hasta finalizar.
A continuación fuimos al cine. Se proyectaba una película – no recuerdo su título – pero sí a su actor principal: Hugh Grant, el inglés de la eterna sonrisa.
Se abrazó a mí durante la proyección y no cesó de reír los absurdos gags humorísticos.
Luego cenamos en un restaurante del centro. El ambiente estaba cargado y tampoco me decidí a entregarle el anillo.
Sobre las dos de la madrugada la acompañé hasta el portal de su casa. Vivía en un barrio sombrío de Villaverde, la calle era angosta y estaba mal alumbrada. Pero eso no duraría, medité. Aparqué unos números más abajo, me disponía a entregarle el regalo pero antes me sorprendió con la noticia. Me dijo:
— Mañana me voy.
Recuerdo que en principio lo tomé a broma y me reí. E incluso le contesté algo así como: “Claro. Te irás a vivir a un barrio más chulo.” Pero ella se puso grave y acentuó.
— No. Me voy a vivir con una prima a Ontario, Canadá.
Lo confieso, tras escuchar aquella frase me quedé sin palabras; o quienes giraban en mi mente como peonzas eran precisamente las palabras. No era capaz de explicármelo. De pronto, enérgicamente se abrazó a mí y me dijo:
— Lo sé. Gracias por regalarme estos tres bonitos años.
La miré sin voz. Aunque lo hubiera querido, en aquel momento mi garganta era incapaz de articular el más leve murmullo de discrepancia. Ella prosiguió.
— Todas las aventuras se acaban en algún momento. Es mejor así.
Suspiro y añadió.
— Nuestras vidas deben continuar. Tú por tu camino y yo... por el mío...
Recuerdo que llegué a balbucear un tímido: “Y qué hay de nosotros.”
Después de oír su respuesta mi corazón, como una vajilla defectuosa, reventó mil veces, y aún hoy sigue haciéndolo:
— ¿Lo nuestro? No tiene sentido.
Sonrió levemente y agregó
— En realidad jamás lo tuvo. Sólo era diversión...
Como dicen los franceses, estaba “touche.” Ella me abrazó – ¿una vez más?– No lo sé. Salió del automóvil y antes de irse definitivamente se acercó a la ventanilla. Mi mente nublada, estaba sobrecargada de imágenes yuxtapuestas, como si fuera un film calcinado.
Imaginé que en ese instante me besaría y rectificaría lo dicho anteriormente con la encantadora sonrisa con la cual me había subyugado desde un primer instante. En cambio de su boca salió:
— Ah, y no llames, ni me sigas. Sería un error de tu parte. Espero que hayas comprendido la situación.

Me puse en marcha, y como un robot hechizado, me alejé sin pensar o pensando quizá demasiado.

Al cabo de un rato comprendí la situación: Estaba roto. Entonces hice lo que jamás hubiera imaginado. Yo, una persona en apariencia sosegada, subiéndome a un bordillo detuve el coche de forma atolondrada, tomé el móvil con ansiedad, en realidad las manos me temblaban al marcar, y la llamé. Le dije la verdad. Bueno, por primera vez le relaté una versión a mi antojo. Le conté que tenía un anillo de brillantes para ella por su cumpleaños, y que debido a la sorpresa, había olvidado entregárselo. Quería dedicarle ese último detalle. Cuando en el fondo lo único que deseaba con desesperación era poder verla otra vez. Sólo una vez más. ¿La última? No, mi mente se oponía con nerviosismo y desesperación a que fuese la última.

Es difícil precisar lo que puede pasar por el juicio de un alma despechada. Tal vez pierda el rumbo y el dominio de la situación. Sí, a veces no sabemos quién o qué clase de ser se esconde en nuestro interior hasta que abordamos momentos de semejante magnitud. Aunque tampoco haya mucho que hacer. Sucede como un relámpago que nos deslumbra y en el cual no hay cabida para la reacción; y, sin embargo, hemos de justificar cuales son nuestros sentimientos... y rápido. ¿Cual era mi disposición hacia ella? Es fácil de resumir. De pronto el más profundo, intenso e incognoscible amor, se había revertido en su más feroz antónimo: Odio.

Me detuve frente a la puerta. No tardó en salir del portal a trotecitos con su adorable andar patizambo. Pensé en insultarla, rebajarla, largarle las insolencias más graves y duras que guardo en mi memoria. Incluso deduje que se merecía un par de guantazos. Pero cuando vi aquella fisonomía de arquetipo delicado, oí su voz vibrar como el trino de un pájaro, contemplé una vez más su reducida cintura oscilarse como la de un histrión, sus manos deslizarse con la suavidad de un felino sobre la ventanilla del coche, a centímetros de las mías, no fui capaz de hacer nada. Excepto respirar sofocado y tratar de retener el momento para procurar que discurriera con la mayor parsimonia posible. Y así es como lo recuerdo: Como a cámara lenta, aunque digamos, de baja definición.
Le robé un beso. Un último beso. Y, de repente, no me resultó en un ápice semejante a los demás. Es decir, a aquellos besos divinos que antaño nos dimos, dignos de seres inmortales. Lo supuse, las cosas habían cambiado. En realidad era como si la inmensidad del universo hubiera dado un vuelco de noventa grados. Entonces lo supe. Al percibir revolverse inquieta su lengua de víbora en mi paladar. Aquel era un beso de codicia. Y descubrí más cosas. Ocurrió como si de pronto y en breves instantes me retiraran una venda de los ojos, tapones de los oídos, algodones de las fosas nasales. Y todo el estrépito, mal olor, suciedad, asco, y fealdad grosera oculta hasta entonces, penetrara en mi interior. El sueño se convirtió en pesadilla. Le entregué el anillo, pisé a fondo el acelerador y ya no dejé de hacerlo durante toda la noche. Cayendo cada vez más y más bajo. Descendiendo a los avernos de una ciudad que desconocía. Sé que hice de todo, y no creo que haya nada de lo que tenga que enorgullecerme.

No supe y creo que nunca sabré muy bien cómo ocurrió. La cuestión es que de madrugada, borracho, y con la maldad ardiendo como un tizón en mi interior, estaba allí de nuevo. Aguardaba a que ella saliera. Y naturalmente lo hizo. Comenzó a cruzar la avenida cargada de equipaje. Entré en escena y la arrollé.


El resto es chapuza – ¿casualidad? – o se lo debo a ella. Por fortuna los inspectores de la policía no saben ni descubrirán jamás nuestra relación. De tal forma nunca seré acusado de alevosía y premeditación y en cuatro años, tal vez menos, estaré en la calle. Ella misma se cuidó de ocultarlo. Ni siquiera figuraba mi número en su móvil. ¡Ni una palabra, escrito o mero recuerdo sobre mí entre sus pertenencias! Cristina y su solitaria forma de afrontar la existencia. Alejada de su familia a la cual abandonó en su pueblo de Andalucía y borró de sus recuerdos. Mantuvo siempre que lo nuestro era y debería ser algo secreto. Lo cual convertía nuestra conexión en distinta y maravillosa, sostenía. Mientras que yo, como un ingenuo, absorbía sus conceptos y la seguía en todos sus ¿juegos? Porque ahora lo sé. Su proceder estaba basado en travesuras. Era un maldito juego en el que ese mismo amanecer descubrí, ebrio, pero consciente, tampoco existían los límites...



José Fernández del Vallado. josef.