miércoles, 14 de enero de 2009

Los espacios Inexplorados.

Envidiaba, para qué mentir, la oportunidad que tuvieron mis antepasados de abrirse camino en un mundo en el cual todavía existían lugares desconocidos, sin identidad ni renombre. Espacios donde el misterio era una norma en una existencia sin límites.
Sin duda, a mis diecisiete años, en la recta final de mi juventud, me creí el único y desventurado escritor en la familia. Hasta que cierto día, revolviendo en los enseres de la vieja mansión de mi niñez, último vinculo que me ligaba a mis ascendientes, y que por necesidades económicas me había decidido a vender, encontré el manuscrito y averigüe que había habido alguien con las mismas o parecidas inquietudes. Un tal Alejandro.
A la vez que comenzaba a revelar las palabras de aquel texto, sin ánimo de levantar revuelo – con tacto – indagué entre parientes cercanos sobre aquella identidad. No averigüe nada en concreto, hasta que me decidí a preguntar a mi tutor y padrino, Raúl.
Lo encontré desanimado en la cama, en nuestro oscuro piso de Serrano, aguardando desde hacía meses con una rara expresión mezcla de temor y conformidad, a que la rara enfermedad tropical que padecía, coronara su trabajo. Bastaba examinar su semblante para adivinarlo. Mi tío era descendiente de una casta de hombres del norte, de la cual yo apenas había heredado imperceptibles rasgos de un genio egoísta y descabellado. Sus facciones marcadas, sus mechones de cabello ralo y rubio, sus ojos claros y profundos, todavía alumbraban destellos de las emociones que la vida le otorgó alguna vez.
No tuve que decir nada. Lo sabía. Mirándome con una serenidad de apariencia controlada, me habló así.
- Y bien. Dime. ¿Cuál es el secreto que te corroe, José Luis?
- ¿Lo sabes...? Inquirí.
Sonrió y añadió.
- Creo que siempre lo supe. Hay secretos que uno carga hasta la muerte, y otros de los cuales es mejor deshacerse. ¿Cuál es el tuyo?
- ¿El mío? Creo que esto es más tuyo que mío. Dime. Sabes algo sobre un tal ¿Alejandro?

Al oírme pronunciar aquel nombre sus ojos se abrieron, y mediante un aspaviento forzado, me ordenó callar. En tanto los límites de sus labios se torcían en un sucinto gesto de dolor. No fue preciso seguir, lo sabía. Pero, aunque desde un primer instante intuyera que yo iba dispuesto a plantearle una incógnita, escuchar aquel nombre pareció pillarlo por sorpresa. Sus ojos se entrecerraron y a su vez me lanzó un rosario de preguntas con urgencia.
- ¿Encontraste el manuscrito? ¿Se lo has dicho a alguien? ¿Lo has finalizado? ¿Terminaste ya de leer...?
Negué con expresión desconcertada. Nunca antes había visto tal rostro de preocupación en mi tío.
Hablándome con toda la fuerza y firmeza a su alcance, me ordenó acercarme a su lado. Bajó la voz y me dijo.
- Está bien. Puesto que lo has descubierto. Yo mismo te lo revelaré. Pero antes debes jurarme que harás una cosa por mí.
- Dime tío, asentí contagiado por su nerviosismo.
¡Cavarás una zanja profunda y enterrarás el manuscrito sin terminar de leerlo! Porque... ¿no lo has terminado aún, verdad? Di. ¿Lo has finalizado ya? Es preciso que lo sepa.
Lo observé con seriedad. Mi tío jamás había padecido, al menos con anterioridad, ninguna enfermedad degenerativa. No estaba loco. Él sonrío, sin duda me leyó el pensamiento.
- Vamos, no seas mal pensado. No estoy chiflado. ¡Esto va en serio!
Y añadió.
- Se trata de la naturaleza de los hombres. Y de otros que no lo son tanto...
Le creí. Siempre había creído en aquel rostro abierto, quizá terco, pero puro y sin duda sincero.
Asentí y pronuncié.
- No, no lo he terminado.
Y le pregunté.
- ¿Me ayudarás a hacerlo tú ahora?
Suspiró con alivio. Hacía solo unos instantes estaba tenso, casi crispado. De repente su rostro se relajó, sus cejas se arquearon y liberando un tono casi severo de voz, comenzó.
- Te conozco desde pequeño. Y sé que un chico atrevido e inteligente como tú no lo ignora. E incluso sin haberlo vivido, lo echarás de menos. Antes el mundo era diferente. Y yo... Sí, tuve la suerte de experimentarlo. ¿Cómo no echar de menos esos espacios inexplorados? Los llamábamos así: “Los Espacios Inexplorados.”
Se volvió hacia mí y me dijo.
- Así se titula tu misterioso manuscrito. ¿No es cierto?
Asentí en silencio, interesado. Podía percibir la excitación que aquello generaba en el padrino y yo mismo temblaba con cada una de sus frases.
No necesitó mirarme. Yo estaba a su lado. Pero ahora también estaba él: Alejandro.
- Sí... Aquellos lugares existieron, prosiguió. Y, quizá, hoy en día, en algún lugar apartado, todavía se encuentren. ¿Quién sabe?
Asentí con dudas y pregunté.
- ¿Y en qué se diferencian esos lugares de los demás?
El cuerpo de mi tío experimentó un escalofrío – recordaba. – Dijo.
- Básicamente en nada. Físicamente en una cosa.
- ¿Cuál?
- Estaban vivos. Pero sobre todo eran lugares respetados – y casi diría – que... venerados. De modo que no tenían construcciones. Por ejemplo, nuestro lugar inexplorado era un pequeño e intrincado bosque.
Miré a mi tío. Una nueva incertidumbre me inquietaba. Le pregunté.
- Y cuando... ¿cuándo se perdió ese respeto?
No tuvo mucho que pensar para contestar. Lo tenía claro y demasiado fresco en su mente. Lo había vivido.
- Cuando el hombre abandonó supersticiones, dejó de creer, y comenzó a adorar a su nuevo “Becerro de oro.”
- Cuál... ¿Qué becerro? ¿A qué te refieres...?
No veía. Sus ojos claros, ahora cristalinos, de pura y deslumbrante claridad, se remontaban en el tiempo.
- ...Y se volvió agnóstico para creer y adorar a una cosa...
- ¿Cuál?
- Lógicamente, el dinero, la riqueza. El respeto desapareció y comenzó una era marcada por una tendencia oscura y dañina que todavía hoy persiste.
Sonrió, pero no con agrado. Fue casi un murmullo. Me tomó de la mano. Las suyas estaban calientes, afiebradas. En realidad acaloradas por la creciente pasión y disgusto.
- ¡La especulación y la Industrial! Clamó. Y siguió. La fiebre de la maquinaria y el capital arrasó todos los sueños de pureza e ingenuidad y convirtió nuestros futuros en sendas, que según nos repetían, era necesario labrarse a base de ambición, afán de superación, y si era preciso, a través de una competencia feroz que a menudo desembocaba en forzosa enemistad. Y el más sensible y puro de todos era mi sobrino, Alejandro. Por ello resultó ser también el más afectado por aquellas creencias que hoy en día, prevalecen.
- Un momento. Has dicho sobrino. ¿Qué sobrino?
Dirigió una mirada mística sobre mí. Depositó ambos brazos sobre mis hombros, me miró fijamente, y me dijo.
- Puesto que ya eres mayorcito y tienes la edad suficiente, creo que ha llegado el momento indicado de revelarte el secreto que tus padres nunca quisieron desvelar.
- Cuál... ¿De qué se trata?
- Es algo sencillo. Alejandro era tu hermano mayor. Aunque quince años mayor que tú. Por lo cual, nunca llegaste a saber de su existencia, ni lo conociste.
Permanecí sin hablar, mudo, fascinado. No encontraba palabras, no existían. En cambio lo que dije a continuación salió de mí por sí solo.
- Entonces... ¿Las aceptó con los brazos abiertos?
- ¿El qué?
- Las creencias de que hablabas...
- No. Al contrario. Las rechazó de plano. Los demás no tuvimos más remedio que ceñirnos. La sociedad disponía, y era imposible comenzar una revolución contra una revolución que ya estaba en marcha y además, se presentaba como un renacer esplendoroso de la humanidad.
Se detuvo un instante. Parecía aguardar que yo añadiera algo. Pero proseguí mirándolo, sin moverme un centímetro de mi posición. Continuó.
- Cuando sucedió Alejandro tenía exactamente esa edad: Quince años. Ya era un soñador con sus propios sueños forjados y rompió con todo.
Una tarde lo sorprendí a las afueras del lugar inexplorado; lloraba con desconsuelo. Tenía su vida programada, era metódico. Pensaba en casarse con Yolanda, una bella chiquilla hija de los Salgado, unos humildes costureros que, de la noche a la mañana, merced a la manufactura, y sobre todo a una nueva y potente máquina importada de Inglaterra relacionada con la industria textil, los convirtió en millonarios.
Desde entonces le impedían acceder a la casa de Yolanda. No podía verla. Ahora era un miserable y ellos, los nuevos ricos del valle, me expuso.
Los acontecimientos se precipitaron al final de un verano sofocante. Alejandro y todos supimos en el pueblo que los padres de Yolanda pretendían establecerse en la capital. Y la ciudad estaba a seiscientos ochenta kilómetros del pueblo. En aquella época aquello suponía el fin de su relación ahora en secreto, con ella.
Los “Espacios Inexplorados” dejaron de tener interés para quienes formábamos la pandilla. A Juan, Pepe, Leticia, Pedro, Elena, e incluso a mí, pasaron a interesarnos otras cosas. Por ejemplo la feria, con sus nuevas y desconcertantes máquinas. De repente el hierro estaba en todas partes. Pesados tranvías con bancas de hierro nacieron en las callejuelas de la población; planchas, regaderas, maceteros... Y el quizá tosco pero innovador camastro con armadura de hierro forjado.
Para muchos significó una época no solo de depresión sino de avances; aunque no precisamente espirituales. La Revolución Industrial trajo consigo otros logros positivos: El cine, la radio, etc.
Pero como te decía, los acontecimientos se precipitaron cuando de forma inesperada o quizá no tanto – ya que el poder de la nueva revolución, como sucedió con nosotros, penetró en su juventud – Yolanda dejó de interesarse por tu hermano y se sintió deslumbrada por la ciudad. Y, asimismo, rechazó su corazón a cambio de su nueva experiencia material.

Alejandro era el único que seguía regresando al “Espacio Inexplorado.” Era como si negara su propia existencia y el mismo paso del tiempo. Tú acababas de nacer. En cambio él... Creo que los últimos dos años, y tras el terrible fallecimiento de vuestros padres en uno de los primeros accidentes de tráfico de aquellas épocas, antes de su extraña y definitiva desaparición, no dejó una sola noche de acudir a su cita en el paraje.
- Y dónde está mi hermano. Dime. ¿Sabes dónde fue?
- Me temo, José Luis, que eso es algo que jamás he podido desvelar. Durante años traté de encontrar una pista, e incluso contraté a un detective. Es curioso, como por arte de magia, su rastro se pierde de forma definitiva en el interior del “Espacio Inexplorado.”
Aunque en principio lo raro en sí no fue la desaparición de Alejandro, sino el rapto de Yolanda. Nadie en el pueblo pudo nunca imaginar que una persona de una cordialidad dócil y benigna como la de tu hermano, pudiera cambiar hasta tales extremos; excepto yo. Yo fui su amigo ignorado. Puesto que al ser de mayor edad me traspasó los misterios que guardo sobre él.

Cesó de hablar y se detuvo sin renunciar a escrutarme. Pese a conocerme de sobra, sus ojos brillaban en la penumbra del atardecer y su mirada reflejaba dudas acerca de desvelar un secreto que sólo él conocía y que hasta la fecha había pensado en llevarse con él a la tumba.
No abrí la boca. Creía firmemente en el padrino y estaba dispuesto a aceptar sin remordimientos sus decisiones.
Con lentitud afianzó sus manos sobre las mías, suspiró, y sus labios volvieron a moverse.
- Todavía eres joven pero ya eres adulto y resuelto. Y puesto que ahora sabes más que nadie... te lo diré.
Escúchame bien José Luis. Alejandro se volvió... Comenzó a dedicarse a la magia. La magia negra la suelen llamar. Suspiró y agregó.
En resumen tu hermano se volvió un... nigromante
Lo miré con extrañeza, él permanecía atento a su vez. Si bien había escuchado la palabra en ocasiones, no tenía idea de qué iba la cosa, y pregunté.
- Nigromante... ¿Y qué es eso?
Me contempló con un vago gesto de consternación y añadió.
- Mejor no lo hubieras sabido. Pero puesto que me he comprometido contigo te lo explicaré.
La nigromancia sobre todo es una forma de invocación de los espíritus de los muertos con propósitos mágicos o adivinatorios. Es una práctica común de religiones contemporáneas como el vudú y ciertas ramas del espiritismo.
- Tiene que ver con los ¿muertos? Dije con repugnancia. Y pregunté.
- Había muertos en el “Espacio Inexplorado.”
Mi manera incrédula, y sin tacto, de realizar la última pregunta pareció irritar por primera vez a mi tío. Quien molesto, dijo con sorna.
- ¿Muertos, cadáveres? Los hay en todas partes. ¿Almas en pena? Viven a nuestro lado. Si te fijaras bien verías que ante ti tienes a un acabado, a un medio muerto...
Comprendí mi absurda insensatez y me arrepentí de inmediato.
- Oh, disculpa, padrino. Debes tener en cuenta mi desconocimiento en estos temas.
- Sí, ahora lo veo... Y para serte sincero. Cada vez me arrepiento más de que hayas sido tú quien encontrara el manuscrito y no yo. Entonces todo habría acabado de una vez para siempre.
- No te irrites. He jurado enterrar el manuscrito y lo haré. Pero... ¿por qué enterrarlo? Pudiendo convertirlo en cenizas...
Espantado, alzo ambas manos, me sujetó con firmeza y exclamó.
- No. Quemarlo, jamás. ¡Está la maldición...!
No pude evitar una mueca de contrariedad. Me impresionó y preocupó que el tío Raúl, un hombre de probada seriedad y criterio, creyera en tales supercherías.
Alterado me comenzó a narrar una historia propia de películas de terror. Según me contó, la noche antes de que partieran a la ciudad, Alejandro irrumpió en la mansión de Yolanda y la raptó. Según él Alejandro lo tenía todo minuciosamente calculado. Drogó con formol a Yolanda y la condujo hasta el interior del “Espacio Inexplorado.” ¿Y qué había allí o qué pretendió hacer?
- Algo que si meditamos a fondo suele encontrarse en más lugares de los que uno imagina, dijo. Y prosiguió.
En su caso, se trataba de un antiquísimo cementerio olvidado desde épocas que se remontaban al siglo XII o XIII de nuestra era. En cuanto a qué pretendió hacer con ella, conociéndolo, aunque más bien imaginando su estado de locura exaltada, y a través de los libros y personas que consulté, sólo dispongo de conjeturas. Supongo y nada más, que deseaba retener o tomar el espíritu de ella para sí y para siempre. En todo caso me entristece pensar que tu hermano pudiera llegar a ese extremo. Pero no sé más José Luis, es la verdad.
“¿Qué sucedió a continuación aquella noche? Ni tan siquiera fue capaz de precisarlo. (Me daba cuenta que cuanto decía estaba fundado en confusas suposiciones). Según su apreciación apenas pudo dormir debido a los raros jadeos, aullidos (no quedaba un lobo en toda la región) y una serie de auras y fenómenos extraños que persistieron hasta el amanecer, cuando se descubrió el rapto de Yolanda y se organizó la búsqueda.
El cuerpo de la chica jamás fue encontrado. Pero sí los malhechores que la raptaron, violaron, asesinaron y arrojaron a la laguna de Monreal. Quienes confesaron bajo tortura y fueron debidamente ejecutados en el “garrote vil” meses después.
En cuanto al cementerio. Es lo único cierto. Se habló de su existencia y se encontraron restos de osamentas. Asimismo se revisó a fondo la zona sin éxito. Eso era todo cuanto sabía de mi hermano, aquella noche y su desaparición. Suposiciones, vagas y absurdas suposiciones...”
Volví apesadumbrado a nuestra casa de campo a las afueras de la ciudad. La cual, en cuanto cumpliera los dieciocho – apenas restaban quince días – se transformaría de forma definitiva en mi hogar. En el fondo me alegraba; ya no tendría que depender más del tío Raúl.
Hacía un verano muy caluroso y aprovechando unos días de vacaciones, Inés, ni novia, estaba ya de vacaciones en Alicante. Yo iría a finales de mes, cuando dieran comienzo las mías.
El manuscrito estaba sobre la mesa secreter del recibidor. Lo tomé, me serví una copa de jerez y balanceándome en la mecedora proseguí su lectura.
En sí era un texto monótono, casi aburrido, incluso ridículo. Además estaba mal redactado y la humedad había enmohecido algunos párrafos. Aunque en algo tenía razón el tío Raúl. Se trataba de una lastimosa carta de desamor, no pasaba de eso. Excepto el latín que había inscrito en su tramo final. Pero dado que nunca estudié latín no tenía idea sobre su significado; así pues cumpliría la promesa de no terminarlo. No obstante, aún sin entender, repasé en alto las dos últimas páginas tratando de sonsacar algo en limpio.
Luego, con el aroma dulzón de tres copas de oloroso en mi garganta, en honor de mi tío y de mi hermano desaparecido, salí al jardín, cavé una zanja a los pies del olivo, y arrojé el manuscrito. Estaba dispuesto a enterrarlo cuando decidí que ya era suficiente. ¡Que diantre! Había cumplido con su premisa y ahora cumpliría con la mía; sin duda más limpia y sensata.
Me sentía cansado de aquella historia fantástica. Sin dudarlo abrí un frasco de alcohol para curas y empapé el manuscrito. A continuación encendí una cerilla y la arrojé al interior de la fosa. El viejo papel prendió al instante. Satisfecho volví a cegar el boquete, tomé una ensalada de frutas y me acosté sobre las once de la noche.

Me despertó el chasquido de un cristal al quebrarse y el chirrido de muebles en el salón. Ladrones - me dije de inmediato -. Y mi corazón comenzó a palpitar. Me levanté de la cama en silencio; sudaba y respiraba como un pura sangre desbocado. Y los sonidos de abajo persistían. Abrí el armario ropero y tomé el machete de cuarenta centímetros que me traje de unas vacaciones al Caribe. Abrí la puerta en silencio y comencé a descender las escaleras.
Doblé el chaflán del recibidor y me introduje en un extremo del salón.
En un primer instante no vi a nadie. De repente, proyectando una luz brillante de un tono esmerilado, el perfil de la mujer apareció al otro lado del salón. Al borde de una crisis nerviosa, comencé a exigir su identidad y a amenazarla. Sin contestar, haciendo caso omiso, continuó acercándose a mí.
No podía dar crédito a lo que estaba ocurriendo y estaba muy asustado. Pese a todo jamás creí en historias de fantasmas y muertos vivientes. Sin embargo, aquella mujer estaba ahora casi frente a mí y continuaba sin poder precisar los rasgos de su semblante, ya que un velo oscuro de raso cubría sus formas.
Tenso, aferrado a mi machete, quise hablar pero me encontré sin habla. En cambio un olor penetrante invadió mis sentidos. Era un aroma... el aroma de aquella mujer. Lo reconocí tan semejante al manuscrito. ¡Olía a manuscrito mohoso! Su mano giró en reverso, flotando en el espacio alzó el velo que cubría su rostro, debajo vislumbré dos hoyos oscuros y el cráneo limpio y acerado de un cadáver. Mi cuerpo se agitó, me costaba aferrar el machete. Proferí una exclamación de pavor mientras sin éxito trataba de apartarla de mí. De pronto, acuchillado por un dolor que atravesó mi costado de lado a lado, como un mordisco letal, mi brazo derecho se crispó. Entonces mi respiración se alteró hasta volverse resollante y angustiosa, mientras aquel semblante de rasgos difusos se aproximaba y pronunciaba: “Hola. Soy Yolanda...”
No volví a oír ni ver más hasta que las luces del salón se encendieron y los vi. Allí estaba él ¡El padrino! Caminaba lozano sobre sus piernas. – ¿No estaba impedido y al borde de la muerte? – y aquella mujer delgada hasta extremos impensables. ¿Anorexia tal vez?
La mujer y el tío Raúl se besaron delante de mí. Mientras que él, con voz suave, murmuró. “Perfecto. Todo salió a las mil maravillas. Su corazón enfermo no resistió. Por lo tanto, el camino está despejado. El dinero de la venta de la mansión pasa ahora a mi facultad. Es decir... a la nuestra, ¡cariño!”
Y era cierto. Casi lo había olvidado. Desde hacía un par de años mi corazón no funcionaba de forma debida. Necesitaba cuidados y medicinas. Pero estaban equivocados. Algo había fallado, y yo, continuaba estando ahí, junto a ellos. Los contemplé besarse en medio de aquella luz resplandeciente que iluminaba el salón. ¡Acababa de sorprenderlos! De repente me sentí lúcido y consciente, al descubrir la oscura personalidad de mi tío y sus infames pretensiones.
Me incorporé y comencé por insultarlos. Profundamente dolido les rogué que abandonaran el salón y mi casa de inmediato. Pues, en efecto, a partir de ese momento disfrutarían “juntos” de la miseria que cosecharan durante el resto de sus vidas. En cambio, tirados sobre el sofá, ni siquiera prestaron atención a mis palabras y continuaron besándose en medio de aquella luz molesta o... ¿había un corte de luz? Sí... de hecho, el salón permanecía en penumbra. De súbito, tendido a los pies de ambos vislumbré un objeto informe, y desde el espacio donde me encontré a mí mismo -flotando- tuve noción de algo totalmente nuevo. Aquel objeto inanimado no era yo, sino mi cadáver.

José Fernández del Vallado. Josef. 29 julio. 2007. Arreglos Dic 2009.

24 comentarios:

dezaragoza dijo...

No está mal el relato no. Un saludo.

angela dijo...

Gracias por venir hasta mi blog y dejarme un comentario, esto ha permitido que yo conozca los tuyos. Me ha encantado tu relato ¿ sabes? cuando ibas describiendo la charla de tu tío entuía que Alejandro era él... No fue así, a mí me hubiese gustado que así fuera pero, tal y como tú lo has hecho le dió más énfasis para llegar hasta el final.Te felicito por tu prosa, me gusta. Un saludo.

toñi dijo...

Genial como siempre .
Tu imaginación es realmente muy especial.



Un beso

Laura M. Cañamero dijo...

El diseño de esta página es realmente bonito. Un saludo.

Nacho G.Hontoria dijo...

Un gran relato, sin duda. Enhorabuena por la expresividad que consigues con él y que se acompaña perfectamente con el diseño del blog. Un acierto pasar por aquí.
Un saludo

Endocimia dijo...

como antes dijeron tus amigos bloggeros, es un excelente relato, la imaginacioon vuela con el mismo. saludos

PACO dijo...

no se quien heres pero te mando un saludo

medianoche dijo...

Excelente relato, precioso… con la magia de tu pluma haces maravillas.

Besos

caidos de cabeza dijo...

Hola...Disculpa por el espacio que ocupare , solo quiero pasar a dejarte la direccion de un nuevo blog , que hablara acerca de toda nuestra rutina diaria , desde actualidad , criticas de arte ,cine , hasta lo que le sucede a la vecina por vivir en una poblacion donde se esucha todo ! un beso adios.

caidosdecabeza.blogspot.com

Maria Jesús dijo...

Muchas gracias por las cariñosas palabras dejadas en mi blog.

Tashano dijo...

Josef, muy bueno el relato tiene una cadencia que te encierra en la lectura y estas deseando saber cuál es el final.

Un besazo

Maria Jesús dijo...

Muchas gracias por tu interés y por el seguimiento que estás haciendo sobre este tema que tanta ilusión me hace. Feliz fin de semana

Linda Ariana dijo...

Hola Josef
Interesante relato que abarca , el amor, trajedia y la magia, que hace ver cada parrafo y tomar atencion hasta
llegar al final.
Felicitaciones
Saludos desde Peru
Te invito ver mi pagina
http://petalosdemivida.blospot.com
Linda

Patricia dijo...

Que hermoso relato!
Me dio un poco de escalofrios por lo de Yolanda y Alejandro pero cada parrafo se ponia mas y mas interesante. Un final un poco triste y catastrofico pero no todo lleva un final feliz en esta vida no es asi? Jamas me hubiese imaginado del tio Raul!
Bravo! me encanto,
un beso,

sedemiuqse dijo...

Moderato!!!!! que no me di cuenta de esto
tienes mas blog!!!!!!!!! joooooooo
besos y amor
jejeejejeje

Paula de Bera dijo...

Hola!!!
Hermoso relato, me gusta mucho leer y has logrado que me quede un buen rato, abstraída de todo.
Gracias por pasar a visitarme, también me quedo con tu link, luego visitaré los otros blogs tuyos, que vi en tu perfil.
Te mando un beso!!!

Alafia dijo...

Es un blog precioso,
hermosas palabras
de reflexión
y armónico entorno,
es un relajo pasear
por aquí,
un abrazo

Lobita Esteparia dijo...

Que relato tan bonito, se lee de maravilla, un regalo. Gracias...

lys dijo...

Conociendo tus otros blog, Te leerè despacio

GIANNI dijo...

Muchas gracias por tus palabras, yo aquí estoy visitandote una vez más...buscando entre tus palabras un poco de paz...
un abrazo
Gianni

Maria Jesús dijo...

El final un poco triste pero ha valido la pena leer y disfrutar de la historia y de tus palabras. Feliz semana. Saludos de corazón

Cuentos Bajo Pedido ¿Y tu nieve de qué la quieres? dijo...

Gracias por la visita

LADO B dijo...

De tanto buscar lo inexplorado finalmente nos lo inventamos ¿no?

Vivian dijo...

Hola Moderato
No sé sin son mis raíces cubanas que conocen las “misas al muerto”, y el mundo de la brujería, pero este relato es muy bueno en los detalles que a esto se refiere. Veo que tienes una imaginación sin límites, hilvanas la idea, mantienes el suspenso y das ese vuelco al final que lo hace doblemente atractivo. En verdad, no pensé que el tío Raúl terminaría siendo el “malo de la película” jajaja. Vaya hombrecito!
Cuando leí que casi en el último renglón él veía algo en el piso pensé “Y ahora qué nos falta”.
En fin, en relato muy entretenido. (Ayer lo empecé y hoy no lo encontraba, hasta le dije a Montse que creía haberme equivocado de blog jajaja)
Un abrazo.