martes, 8 de enero de 2008

La cabaña del inuit.



I
A finales de enero la isla de Welt destacaba como un muñón agrietado en medio del temporal. Desembarqué y sentí la cabeza vacía. Mi disposición era la menos adecuada, pero quería hacerlo, alejarme y escribir...




Los acantilados afilados, grises, con sus espolones y crestas salpicadas de guano de la colonia de aves marinas me recibieron silbando injurias mordaces. Atrapados a los pies de los farallones los restos de un navío imploraban perdón a destiempo, mientras un oleaje grumoso los golpeaba sin tregua. Necesitaba sentir el dolor del frío en mi piel; sentir para olvidar sensaciones de las que no había logrado desprenderme. Caminé sobre el herbazal húmedo y los rayos de un tímido sol punzaron tibiamente mi piel. Cristina ya no vendría a aliviarme; quedó hecha jirones sobre los raíles de un tren de cercanías en el que jamás debió de partir. Yo también partí aquel día. Pero a ella de nada le sirvió tener un vehículo cuando me crucé en su camino y su vida. Yo tenía el coche, ella misma me lo cedió ¿por qué fue así? Porque siempre era así. Y porque en la vida existen personas honestas que desconocen lo que es la maldad, la envidia o el desaire, y ni tan siquiera lo pueden vislumbrar o entender; como ella. Yo nunca fui como ella.

En la isla no había nadie. Excepto las aves, el viento, las rocas, la hierba de un color verde intenso, como el de las acelgas – ni siquiera podía consumirse – y el desarbolado barracón del antiguo farero. El único y mediocre sustituto iba a ser yo, aunque no tendría mucho que hacer con un faro automatizado, alimentado por energía solar. Y cercándola, un mar del norte desalmado, que pulverizaba todo aquello que rozaba.

Me llevó semanas acostumbrarme a la extraña aprensión de la soledad, no así a su silencio, pues allí no existía esa palabra. Durante el día, de fondo, estaba el batir del oleaje al romper contra los acantilados, y por la noche, si la mar se calmaba lo suficiente, la persistencia del viento mantenía la constancia de una monotonía sonora que jamás detenía su ritmo.

Con el nuevo material que descargué, lentamente reparé la cabaña y la hice consistente. Taponé con solvencia los resquicios por los que penetraba el aire frío, forré las paredes de aislante, cubrí el tejado de uralita y abrí un ventanuco por el que penetraba un rayo de luz y me advertía cuando era de día y cuando de noche; aunque a veces el mismo día semejaba una noche tenebrosa. Comencé a detestar aquellos días noche de una forma especial…

Me llevé unos cuantos libros de recetas pero de pronto me di cuenta, no me iban a servir, excepto para hacer un buen fuego. Ya que mi apatía era total sino absurda, y comía siempre las porquerías en conserva que adquiría.
El aparato receptor y John Tagle eran mis contactos con el mundo. Tagle, el viejo escocés que cada dos meses hacía escala en la isla con los víveres. Apenas nos entendíamos; nos bastaba con mirarnos de forma estúpida, reír como abúlicos y emborracharnos con su güisqui podrido el par de horas que permanecía en mi compañía.

Todo cambió el día en que, sin lograr concentrarme y escribir, caminaba y a lo lejos, en el firmamento, vi la mancha blanca destacarse, alcé los prismáticos y descubrí el iceberg. Estaría a más de seis kilómetros. Nunca me habían dicho que se encontraran tan al sur. ¿Era aquel un síntoma más del divulgado cambio climático? Ni siquiera me importó. En cambio me fascinó e inquietó imaginar lo que podría suceder si el gigante colisionara contra la roca. ¿Sería capaz de arrancarla de cuajo?

Cuando fui a dar parte del avistamiento me di cuenta de algo desagradable. La radio seguía transmitiendo, en cambio el transmisor no emitía ni recibía. No soy manitas y si un manazas, de modo que apenas me atreví a tocarlo. Me terminé por resignar; esperaría. Al fin y al cabo había tenido suerte y faltaban sólo un par de días para que el viejo y hábil Tagle llegara en mi socorro.

El atardecer sobrevino de golpe y como un pálpito dejó abatida a la isla en un silencio estremecedor. ¿Silencio? Me resultó pasmoso. Durante unos instantes creí percibir silencio en la ruidosa colonia de aves. Agucé el oído. No… Estaban ahí. Sus graznidos chasqueaban con plena intensidad.
Me serví una copa de brandy, sólo necesité dar un trago y un denso sopor me invadió en tanto un naciente vendaval azotaba los maderos de la cabaña. Debía aferrarlos mejor, me dije a mí mismo. Sonreí y me dormí.


II

Al día siguiente hacía una mañana tan espléndida que incluso un Van Gogh con resaca hubiese sido capaz de pintar “Campo de acelgas y cormoranes” sin titubear.

Me vestí ¿o ni siquiera me llegué a cambiar? Dando amplias zancadas recorrí la meseta de la isla y descendí a la caleta. Insólitamente feliz me refresqué la cara con el agua helada y recogí algunas conchas en la orilla. Estaba en cuclillas cuando oí el profundo exhalar ante mí. La masa lechosa y amarilla del oso reposaba tendida con las patas echadas hacia atrás a unos metros de distancia. Sentí frío o ¿calor? Mi corazón se disparó y el sudor inundó mi cuerpo. No necesité que nadie me explicara y tampoco conocimientos asociados para saber qué ocurriría si me descubría. No hacía falta, me lo dijo todo el instinto. Un instinto en aparente estado de letargo que había despertado. Tenía un problema a vida o muerte. Y sin embargo me encontraba en un estado de parálisis que debía de superar. ¿Pero cómo se vence un pavor paralizante de semejante magnitud cuando jamás se ha padecido?

De pronto me encontré retrocediendo. Ni yo mismo sé qué órdenes obedecían mis piernas. El tiempo transcurría con indecible lentitud y la distancia – ¿quizá cien metros? – era un espacio muy corto. Sé cómo puedo correr y como lo hace un oso; más o menos como un perro. Cincuenta, cien metros, apenas suponían diferencia entre un ser torpe y lento como yo y su agilidad y potencia.

Me di la vuelta y sin dejar de observar comencé a subir por el terreno rocoso. El viento me daba en la espalda y me ayudaba a ascender, había alcanzado la cima cuando algo cambió. Una racha de corriente violenta me golpeó de cara. Apenas necesitó unos segundos, las ventanas nasales otearon de forma incisa en el aire, giró su cabeza y me miró fijamente. Capté su mirada con los ojos de locura de una gacela cuando ve a un león abatirse sobre ella, y no miré más. La carrera por mi vida había comenzado. Jamás me imaginé presa de un depredador cuando el depredador ¿era yo? Pero un cazador sin armas acaba por fuerza por convertirse en captura. Y un humano sin utensilios apenas da la talla en medio de la fastuosidad de la naturaleza.

No había control ni sentido en mis actos, sólo pavor y necesidad de sobrevivir. No había otro ser en la tierra más que yo y mis piernas debatiéndose por correr rápido, mucho más de cuanto me fuera posible. El cansancio comenzó a ser doloroso, los resuellos ordinarios, pero las ansias de vivir se sobreponían a cualquier deseo en general. ¡Y la cabaña, estaba ahí!, inmóvil en un punto equidistante entre las aristas de los acantilados y el mismo centro de la isla. Mis zancadas, un pie persiguiendo al otro, anteponiéndose, la respiración convulsa, pensamientos desordenados en silencio y sin voz. Y la imagen de la cabaña más cercana grande y marrón o negra, pero siempre difusa… La puerta, su marco ante mí y entonces oí su gruñido. Me volví, estaba sobre mí. Tropecé, caí giré. Se elevó como una montaña amarillenta de cuatro metros y garras afiladas. Iba a morir, lo sabía. Había perdido la carrera y mis opciones. En realidad nunca creí en la victoria ¿cómo vencer a un animal de media tonelada y resistencia y fuerza infinitas en la peor disciplina del hombre?

La puerta se abrió con violencia y de pie, casi sobre mi cabeza, estaba el… inuit. Sí, un esquimal ataviado con su indumentaria de piel. Tenía un fusil, un semiautomático, apuntó al animal, pude ver el fogonazo y oler la pólvora quemarse. A continuación el organismo perfecto sólo era una masa de carne temblorosa que titubeó y se desplomó ante mis pies vomitando sangre. Lentamente retiré de mis piernas la cabeza del animal y temblando fui capaz de incorporarme. Me dirigí hacia el inuit, ante todo, para darle las gracias pero no estaba. La puerta del barracón estaba cerrada. Entré y lo busqué, en realidad me bastó echar un vistazo, pues el espacio era reducido. No podía haber vuelto a entrar y tan siquiera tuvo tiempo para alejarse del lugar. Luego… volví a salir y ¡tampoco había oso! Imposible. Un oso muerto de media tonelada no podía desaparecer en segundos…

III

Dos días después el barco de Tagle fondeaba en la ensenada y el viejo sonreía y me observaba mientras apurábamos su güisqui barato.
- ¿It´s all ok?
- ¿Qué…?
- Que si todo ir mucho bien… para ti
- OH sí claro, sin problemas.
“Excepto un oso polar de cuatro metros que me atacó y casi me devora y un cazador inuit que me libró por los pelos. Ambos desaparecidos. Pero claro, eran… ¿fantasmas supongo? Luego, todo bien, no hay de qué preocuparse. A eso no se le pueden llamar problemas… ¿No?”
- ¿Are you sure here?
- ¿Seguro…? ¿Que si estoy seguro aquí?
- Sí, tú seguro. Jajaja…
- ¡Pues claro que estoy seguro inglés de marras o escocés!
- Jajaja…
- Jajaja…
- Pero… Yo creo… Tú necesitar women.
- A ver, seamos sinceros. ¿Women or whore?
- Tu decir ¿puta…? Je…
- Sí whore, puta, furcia. Está bien lo… Lo reconozco y proclamo a los cuatro vientos hace mucho que…
- ¿Do you need fuck?
- Sí… ¡Pero no contigo cacho tarao! OH, por dios. Vete… ¡Vete ya de mi isla! Mi isla sí jajaja…

Tagle se marchó después de arreglar el transmisor. Olvidé comentarle nada acerca del iceberg. ¿Despiste o inquietud porque se tratara de otra alucinación o aparición? Al fin y al cabo él tampoco me habló de nada semejante al respecto, claro que por hablar… ¿para qué?

Sucedió a la siguiente semana. Todo iba bien hasta que una mañana la escena se repitió. Es decir… lo encontré de nuevo en la caleta. Se trataba del oso. Estaba echado igual que la vez anterior. Lo sabía. Sabía que no era real ¡no podía serlo! Y sin embargo resultaba tan convincente y terrible. De nuevo emprendí la huida y cuanto más corría de más pavor y frenesí se impregnaba mi interior y más víctima me sentía. Esta vez llegué al quicio de la puerta, caí ante ella. Se abrió y el cazador inuit abatió a la fiera. Me bastó cerrar los ojos y al abrirlos el silbido del viento mecía mis cabellos y unos nubarrones grises se cernían en el horizonte. Entré en la cabaña cogí una botella que Tagle me había regalado de su asqueroso güisqui y bebí hasta caer rendido por el dulce sopor de la borrachera.


IV

Tagle me despertó, estaba tirado boca abajo sobre el camastro en la choza. No supe decirle cuantos días llevaba alcoholizado y sin salir. Comenzamos a hablar.
- Tú marchas de aquí ahora. Este lugar muy malo por ti.
Denegué con la cabeza. Abandonar la isla no entraba en mis planes.
- No
- ¿No? ¿Eso todo que tu dices ahora?
- ¡Sí, todo! No voy a marcharme porque lo digas tú, cabezón.
- Tú marchas. ¡Tu stupid aquí!
- Oye…
- ¿What?
- ¿Tienes más güisqui de ese? Se me ha terminado.
- ¡Cómo! ¿Quieres más…? ¡Borracho!
- Para borrachos tú ¡viejo alcohólico! Me enseñaste tú a apreciar el sabor de la bebida, je…
- Ahora, vienes conmigo. ¡Ya!
Me cogió de un brazo y comenzó a tirar de mí.
- Déjame en paz loco de mierda. ¿Qué haces…?
- Tú vienes conmigo… ¡Ahora mismo!

Lo miré nuevamente. Era alto y moreno, de constitución dinámica y fuerte sin duda. Quizá más fuerte que yo. Además, había bebido también. Si no ¿a qué ponerse pesado con un borracho inútil? Sólo a un borracho le preocupa la suerte de un semejante o es capaz de…
La agresión de violencia descortés me pilló desprevenido. Cuando abrí los ojos Tagle cargaba conmigo, me arrastraba hacia el barco sobre una camilla de salvamento que había en la cabaña. ¡Estaba loco! Echándome a un lado escapé y corrí hacia la cabaña. No tardó en percatarse y comenzó a perseguirme. Me sentía espeso y me ganaba terreno; tropecé y llegué a rozar el picaporte. La puerta se abrió y el cazador inuit abatió a Tagle de un hábil disparo...

Me bastó cerrar los ojos y al abrirlos el silbido del viento mecía mis cabellos y unos nubarrones grises se cernían en el horizonte. Tagle yacía a mis pies. Entré en la cabaña y dejé el fusil a mi lado. Yo era el cazador inuit. Y echada sobre la cama aguardaba, como siempre, tras un nuevo día de trabajo agotador, Cristina.

Volví la vista, contemplé las paredes guarnecidas del mullido y aislante protector. Llamaron a la puerta. Di el visto bueno. Tanglé, el celador, entró con la bandeja del almuerzo y la ración de pastillas diaria, la depositó en una esquina. No dijo nada, hablaba muy poco, no era español. Me dio igual, allí estaba protegido. La cabaña era un lugar seguro, no pensaba en volver a salir una vez más…

José Fernández del Vallado.Josef. Diciembre 2008.

8 comentarios:

bellota_b dijo...

Primera!!!!!!!!!!

Hoy decidí profundizar un escrito y caigo rendida al tuyo ...me cautivó completo (¿sabes lo que es eso?).Una historia sombría, intrigante, jamás predecible…sentí el temblor de tus piernas al correr como un niño enmudecido. Tagle con su “quisqui” y tu al final un inuit .

Bravusssssssssssssss,por no decir bravo!.


Cariños. ;)

mos dijo...

Sorprendente final. De esos que no te esperas para nada. Es difícil mantener la tensión en una historia que se va alargando pero tú lo consigues con facilidad.
Buena inventiva e imaginación Josef.
Ya veo que te gusta el suspense y el misterio.
Personalmente, me gusta más las lecturas de Moderato Josef porque son más intimistas y profundas. Un poco como me gusta escribir a mí. Pero el suspense, cuando está logrado, también es satisfactorio para cualquier lector.
En alguna ocasión daré a conocer mis relatos de misterio. Lo que pasa es que son un pelín largos y pueden "cansar" para leerlos en un blog tan plural como el de ESFERA.
Bueno, lo dicho Josef: buen relato y muy visual.
Un abrazo de Mos desde la ESFERA.

Vivianne dijo...

Abismante, progresivo, no deja desviarte, te mantiene pegada con emoción y pavor a la vez, detona en desesperación alarmente hasta terminar el suplicio y sentirse parte de la historia, me ha encantado pues Josecito, es un abomba de historia!!!!

TICTAC dijo...

Hola Josef!
Historia de misterio y delirio, con un ritmo lento hacia un suspenso apremiante..
Muy descriptiva. Te felicito!!

Un abrazo

INMA VALDIVIA dijo...

El encanto de la naturaleza, sus abrupta climatología junto al paisajes tan habilmentes descritos, y esa dosis de inquietud que te arrastra en busca del final te atrapan. Me ha gustado en general y ese desenlace inesperado.
Saludos literarios Moderato Joséf

Catalina Zentner dijo...

Vine con verdaderas ganas de leer.. . Y a ello me dediqué, sorprendiéndome del iceberg, el oso, el esquimal, el viento y el paisaje, hasta arribar a un final impensable e implacable.
Lo bueno de venir a agradecer tu visita a mi Blog, es haber conocido el tuyo.
Catalina

anatema dijo...

Me ha gustado tu historia. Emocionante.

Muy interesantes tus blogs.

Volveré con más tiempo. Lo prometo.

Gracias por tu visita.

Andrea Podesta dijo...

Uffff espectacular, que final, no me lo esperaba!!!
Mirá que cuando entre y vi lo largo del post, casi desisto, menos mal que me quede!!!
Como te dijeron por ahí, una cae rendida!!!!