viernes, 21 de marzo de 2008

Tralshkent.





I
Caminábamos con dificultad. Afirmando cada uno de nuestros pasos en la nieve. Llevábamos dieciséis días perdidos; olvidados en una cordillera marginada.
Aquello no era un juego de niños. Los juegos se terminaron el día en que, inmerso en su permanente confusión, dejamos el aeropuerto de barajas.



La determinación fue sólo nuestra. Nosotros lo hicimos. Decidimos encontrar un lugar donde no hubiera Everests, ni K2, ni Cho Oyus, ni Nanga Parbats… Estábamos hartos de míticas cimas, escaladores estúpidos y ansiosos. Queríamos hacer frente a algo por completo diferente, como por ejemplo, descubrir un valle ignorado. Para ello no era necesario encaramarse a altitudes de siete u ocho mil metros. Bastaba con hallar lugares remotos y profundos, en cordilleras salvajes, enclavados en cotas de tres o cuatro mil metros.
El tralshkent se hizo presente a la segunda semana. Jamás habíamos oído hablar de nada semejante. Sí... Puedo verlo, os lo estaréis figurando con cinismo. ¿Qué es eso? ¿Qué es un tralshkent? En realidad ninguno de nosotros dio crédito cuando, ebrios y alegres al recibirnos, los viejos de un poblado nos lo narraron. Pensamos: “Una leyenda más. Sí, bonitas leyendas...”
Aquel mito resultó estar tan vivo como la alimaña bestial y taimada que lo encarnaba, la cual asociaba a la crueldad e insolencia del glotón la astucia del zorro y la fiereza del tigre. También nos lo advirtieron. Los poblados de por allí estaban fortificados con gruesas empalizadas. ¿Por qué nunca se habló de aquella bestia? ¿Por qué el mundo ignoró su existencia y en cambio conoce la del Yeti? Tal vez porque el mero hecho de pronunciar aquella designación ya era tabú, y también porque aquel lugar permanece, de momento, olvidado en un rincón extraño del mapa.
Pero ¡Dios! aquellos valles eran tan diferentes. Permanecían inviolados. Nadie que no haya presenciado nunca la belleza de la naturaleza en su estado salvaje podrá hacerse siquiera una idea. Y nadie, antes de nosotros, se aventuró jamás a poner sus pies en el coto de caza del… tralshkent.
Por fortuna, y a juzgar por lo que observamos, supimos que aquellas bestias eran seres de costumbres solitarias. Una sola de ellas era capaz de cubrir un territorio de más de cien kilómetros. ¿Qué habría sido de nosotros de comportarse como leones? Naturalmente yo, no estaría hoy aquí para contarlo.
Recuerdo que acampamos junto a un lago glaciar, a unos tres mil metros de altitud.
Apreciareis que hasta el momento evito referirme o hacer alguna descripción sobre cuántos hombres formaban la expedición, quienes éramos, nuestras fisonomías, procedencias o sexo. Lo hago con el fin de preservar, por un lado, el debido respeto que merecen los compañeros fallecidos. Por otra parte, aunque os resulte chocante, trato de mantener oculto al menos durante unos miserables años más, la oscura e impenetrable belleza de los parajes donde este raro y demoníaco espécimen continúa habitando. Sólo repetiré un detalle, aunque ya lo conocéis: Todos éramos españoles.

Era la segunda semana. La hoguera ardía con intensidad. Nos encontrábamos reunidos junto al fuego. Cenábamos con apetito e intercambiábamos impresiones con excitación y deleite. La incursión en el valle estaba siendo un éxito impensable. Habíamos hallado plantas desconocidas, ríos de aguas claras donde la pesca abundaba, bosques con árboles milenarios jamás hollados por el hombre. Cuando, a una distancia de nueve metros, en la oscuridad, percibimos aquellos ojos de un azul intenso, como auras. Uno a uno fuimos volviéndonos hacia el ser que, oculto tras el manto de oscuridad, nos observaba con fiereza. Fue algo súbito; un escalofrío me recorrió el espinazo y supe que estaba frente a algo nefasto y fuera de lo normal. Pues aquella bestia miraba de forma diferente. De frente, sin miedo. Instaurada tras aquellos ojos pude detectar una inteligencia maligna y virtuosa, que era capaz de captar con precisión nuestra imperfecta debilidad. Varios de nosotros nos incorporamos, agarramos palos candentes seguros de nuestra superioridad en poder del fuego, y le hicimos frente. Ahí radicó la sorpresa. El ser… un animal formidable y poderoso, ya había elegido. Flexionó sus extremidades y saltó. Estaría a una distancia de unos nueve metros he dicho, y sin embargo, su volumen se abatió sobre B, quien se hallaba a mi lado. Bastó menos de un segundo y lo tuvo apresado por el cuello entre sus fauces. Y sin hacer el más mínimo rumor, como si transportara un fardo ligero, trasladó el cuerpo consigo a las tinieblas de la noche y se perdió en su oscuridad.
Durante unos instantes el ambiente permaneció envuelto en un asombroso silencio. A continuación, nuestras miradas de desconcierto se mudaron en profundo terror. Comencé a oír improperios, gemidos, llantos… que no denotaban congoja y menos angustia, sino puro terror. Pavor ante lo desconocido, ante lo que se presume superior y sobre todo, cuando en breves instantes comprendes, que desde ese momento has dejado de ser depredador y ya no eres más que presa en potencia, sin ningún lugar donde ocultarte, ni posibilidad de escapar, sin barreras entre tú y esa... cosa.
Gemidos que penetraron en mí con fuerza desoladora, profundos, sordos, desgarrados. De pronto ¿llorábamos todos…? ¿O era yo quién lo hacía? ¿Lloré también yo aquella primera vez…?
II
Ese mismo amanecer, sin siquiera pegar ojo, comenzó una huida delirante. Nuestras clarividencias estaban gobernadas por el ser; quien las hostigaba imprecisas entre pasajes sombríos, envueltas en siniestras pesadillas. Habíamos comenzado a padecer. Desconocíamos el número de bestias de aquella especie que podrían rondar el territorio. En cambio sabíamos lo que el poder de una sola era capaz de causar. Disponíamos de dos rifles; pero aún así, de presentarse una jauría de aquellos seres feroces… ¡No! Concebir tal posibilidad no entraba siquiera en las miras de nuestras solícitas corduras.
Y una pregunta; una interpelación misteriosa comenzó a debilitar nuestro juicio. ¿Por qué durante las dos semanas que nos adentramos en el paraje agreste la fiera no se manifestó con anterioridad? Con inquietud, durante el día, mediante un proceso de dolorosa auto inculpación (la responsabilidad del desastre se había visto fortalecida debido a nuestra soberbia e incredulidad) lentamente fuimos arrancando conclusiones. Podía hallarse en un extremo del territorio y no habernos detectado hasta entonces. O tal vez lo hiciera ¿deliberadamente? Nos había permitido entrar en su demarcación para a continuación ¿darnos caza a placer? A esta última sospecha llegamos después de ciertas cavilaciones A, C, D y yo. Como es natural no quisimos alarmar a los demás con una hipótesis tan interesante desde un punto de vista… ¿científico?
Durante el día siguiente no ocurrió nada, pero al anochecer preparamos diez hogueras y nos resguardamos ante un farallón. La bestia sólo podría acometernos de frente. Y si lo hacía, sería fácil blanco de los rifles. Confiábamos en que no se aventuraría, y era lo más natural. Pero pasadas las doce en punto de la noche nuestro presentimiento más inquietante se hizo realidad. Aquellos pavorosos ojos azules se hicieron presentes ¡ahí, al otro lado de las hogueras! Lo que ocurrió a continuación fue algo que estaba lejos del alcance de nuestra comprensión. Al contrario de lo que consideramos, la fiera no lo pensó. Por lo tanto, un detalle esencial quedó en evidencia. En el momento de su manifestación, aquello que debía “calcular o estudiar” para atacarnos lo tenía ya listo de antemano.
De pronto sus ojos se desvanecieron. ¿Se había retirado? Sin poder evitarlo todos sin excepción, alzando los brazos, prorrumpimos en airados gritos de júbilo. En ese instante, evitando las hogueras, su enfurecida complexión se inmiscuyó entre nosotros. Bastaron dos giros y como traspasados por agudas cuchilladas tres cuerpos se desplomaron cercenados. Los demás, superados por la extrema rapidez de los acontecimientos, permanecimos inmóviles; igual que conejos deslumbrados ante los faros de un vehículo. No lo hizo. Pero de haber sido aquella su finalidad, en ese mismo instante pudo haber terminado con el resto.
Sin cesar de vigilar – sus ojos como teas azules, parecían burlarse de nosotros – sus fauces afiladas y babeantes, tomó un cuerpo y con absoluta parsimonia y ausencia de temor hacia las llamas, esquivó el fuego y se introdujo en su noche. Su personal e incomprensible negrura de muerte…
III
Esa vez perdimos a H, G y a F, y la siguiente cayeron K mi estimado “A” y E. En un plazo de tres días la bestia dio muerte a siete de los nuestros. Estábamos diezmados y acabados, puesto que sólo quedábamos tres: C, D y yo. Y, además, nuestra lógica desesperada de escapar había desembocado en la peor de las noticias: Desquiciados por el pánico, acabábamos de perder toda referencia sobre el terreno.
Ese mismo atardecer, cuando nos disponíamos a prender las hogueras en el más funesto silencio, hice un esfuerzo cabal de voluntad y convoqué a mis compañeros. Entonces se lo dije. En tanto uno sólo de nosotros permaneciera con un hálito vida nuestro deber sería luchar. No en vano, añadí sonriendo con cierta ambigüedad, también nosotros éramos depredadores, y hasta la fecha, jamás había existido un ser vivo que se sobrepusiera a la crueldad y fortaleza de la naturaleza humana. En fin. Mi absurdo discurso de intenciones pareció restablecerlos. Y en breves instantes, aupados sobre una zona rocosa desde la cual se divisaba la inquietante belleza del valle – que hasta ahora, pertenencia en exclusivo al tralshkent – fraguamos incoherentes posibilidades. D. sugirió encaramarnos a un árbol. No era mala idea, excepto por un detalle. El tralskent podría ser capaz de trepar y en caso de no ser así, le bastaba con mantenernos vigilados y aguardar a que cualquier rama cediera. La idea fue rechazada. Yo insinué tender una trampa. Cavar una zanja, saturarla de afiladas estacas y ocultarla ante nosotros. Después de excitadas elucubraciones el plan nos pareció, no sólo inquietante, sino demasiado arriesgado. Habíamos sido testigos de la inteligencia del animal. Si intuía la artimaña le bastaría con evitarla y fin de la aventura.
Tras más de dos horas anochecía y nuestras esperanzas se desvanecían con la misma rapidez con que se diluyen los palabreros anhelos que inculca un amor pasajero. Estábamos desconsolados, cuando la voz, aquella voz – ¿acaso fue C quien liberó la temeraria locura? – en un tono de intriga, se preguntó:

- ¿Y si el tralshkent fía por completo sus sentidos a la vista y los sonidos y en cambio carece de olfato?
- ¿Por qué dices eso? Me escuché preguntar con asombro mientras mi cuerpo entero se echaba a temblar.
C entrecerró los ojos y dijo.
- Verás… De pronto la idea vino a mí. ¿Por qué semejante bestia jamás nos ataca de día? Lo sé. Puede haber varias razones. Una, muy importante. Que se trate de un animal exclusivamente nocturno. Pero hay otra, no menos elemental, dado el entorno en el cual se mueve y donde carece de competencia… Se detuvo un instante, esbozó un gesto en la penumbra, y añadió.
- ¡Vamos, ambos lo sabéis! Un oso no es nadie al lado de una fiera de tal trascendencia. Así pues, si no posee nada o casi nada de olfato y en cambio se guía por el sentido auditivo y sobre todo, de su visión. De esos ojos azules y desmesurados que vemos brillar en la oscuridad. De día, los alces ciervos y demás presas olisquearán su presencia. De modo que se ve obligado a utilizar en exclusivo la noche…
Permanecimos en silencio. Entonces lo dijo.
- Sé que no va a ser agradable para ninguno de nosotros. Somos seres humanos y desde luego no es lo mejor a lo que poder aferrarnos. No. Las tinieblas nunca fueron nuestro común aliado. Así como tampoco comprendo por qué se me ocurren semejantes disparates…

Le interrumpí. Me sentía… Sí, los tres nos reconocíamos profundamente sobrecogidos; pero a la vez tan alterados... Advertíamos palpitar nuestros corazones con violencia. Y sin embargo lo intuíamos. Considerábamos la descabellada certeza y descomunal genialidad demostrada en los actos y la vida de C. Y sabíamos, que si existía una mera posibilidad de sobrevivir en ese lugar con aquellas armas inútiles, ante aquel fenómeno implacable de la naturaleza, tal vez nuestro último destello de luz radicara en aquel – ¿absurdo? – detalle. En caso de tratarse de un error al menos obtendríamos un vago consuelo de aflicción: Moriríamos envueltos en las yermas y solitarias tinieblas, sin siquiera presenciar nuestros semblantes en su último y demencial instante de terror…
IV
Con el limitado tiempo de que disponíamos apenas tuvimos espacio para agazaparnos en el interior de una cueva entre las rocas. A partir de ese instante cesamos de hablar, ni tan siquiera chistar el más leve susurro, y encomendamos nuestras almas a la voluntad de los seres oscuros.
Así llegué al punto clave de mi existencia. Desemboqué en una serie de intervalos delimitados por segundos de inflexión, que hasta la fecha, han constituido los momentos más atroces y angustiosos de mi vida.
Llevaríamos cerca de cuatro o cinco horas agitándonos sobre todo de tensión y de temor, pues cuando el horror se adentra en tu interior, el frío se reduce a una ausencia recalcitrante y resulta casi insignificante. Permanecíamos tan silenciosos como unos roedores en su madriguera, cuando en el exterior lo sentimos. Estaba ahí. Oíamos con claridad reiterada aventar a la fiera. ¡Escudriñaba! Dios. Nuestras huellas. Acechaba nuestro rastro, el cual, naturalmente, desaparecía al llegar a la zona rocosa. Por fortuna también cuidamos ese detalle. ¿Dejamos algo al azar? Me figuré a la cerebral alimaña relacionando. ¿De qué forma pensaría? ¿Cuál era el verdadero alcance de su inteligencia? Y supe, que si no era capaz de oler estaría atendiendo, observando en todas las orientaciones posibles, pero sobre todo, presta al más imperceptible rumor que pudiera diferenciar en la oscuridad por tenue que fuera. Habíamos cegado la entrada, y aún así, Dios nos librara de hallarla.
Deambuló por los alrededores un lapso indeterminado, que mi mente en estado de alerta y a la vez abotargada, es incapaz de establecer. Pudieron tratarse de breves minutos o quizá transcurrió más de una hora. A continuación dejamos de oír pero no así de desconfiar, pues con innata certeza supimos algo. De haber tenido olfato, encontrarnos le habría resultado una tarea tan sencilla como abandonarse al influjo del sabroso aroma de un asado. Desde luego, en ese instante, y en tan demencial situación, no representábamos un ejemplo que encarnara tal grado de complacencia, sino lo contrario. Transpirábamos con profusión, y no creo que uno solo de los tres se librara de verse anegado en su propio y nauseabundo baño de sudor.
Así transcurrió la primera noche en la que sobrevivimos al tralshkent. Después se sucedieron más. Deambulamos por el valle salvaje más hermoso y terrible del mundo tan perdidos como pueda estarlo el alma de un ser descarriado. Con la bestia enfurecida y ansiosa jugando a adivinar nuestros movimientos, que pese al cansancio, en todo momento debían de ser precisos y calculados. Hasta que una noche, sucedió lo inevitable.
Aquella vez permanecíamos agazapados en el refugio que habíamos elegido. Hechos un ovillo, cuerpo con cuerpo, con el fin de no morir de hipotermia. Tal como acostumbrábamos a obrar desde las dos martirizadoras e interminables semanas que llevábamos perdidos en semejante situación. Las provisiones se habían agotado, y sobrevivíamos alimentándonos durante el día de larvas, insectos, hierbas y tubérculos, que a veces nos provocaban diarreas. Gracias a Dios, la fiera era insensible al olor. De tal forma comenzamos a temer el ataque de cualquier clase de animal. Un voraz oso, por ejemplo. Divisamos algunos ejemplares formidables. Aunque su excelente aspecto nos reveló que estaban sobre alimentados, y nosotros nunca podríamos encontrarnos inclusos en su dieta. Además, conservábamos un rifle con munición y en caso de ataque… No, no pensábamos realizar un disparo. ¿Y que la fiera localizara de nuevo nuestra posición cuando, tras infatigables días de marcha, parecíamos haberla desorientado?
La covacha en la cual nos hallábamos tenía dos entradas. Una oquedad estrecha, estaba sobre nuestras cabezas, y la principal frente a nosotros.
Nuestra confianza en que habíamos confundido al tralshkent aumentó en los últimos días. Cegamos la entrada con una espesa fronda de maraña y nos sentimos resguardados.
A las ocho de la tarde ya estábamos los tres en su interior y sobre la media noche quedamos en que C se encargaba de hacer la primera guardia, mientras los dos restantes descansábamos.

Desperté sin sobresaltos. Todo estaba en silencio. Oí exhalaciones profundas a mi lado, miré de reojo y me topé con los enormes ojos azules del tralshkent. Advertí mis manos húmedas. Desplazándolas de forma imperceptible las froté sobre mi pecho, estaban empapadas y calientes, caladas con la sangre de C. El tralshkent lo devoraba con parsimonia. C había tenido mala suerte o quizá no tan mala. El caso es que, debido al cansancio tras días de tensión, tal vez bajar la guardia un solo instante constituyó su desliz; quizá sólo dormitara unos breves instantes, suficientes para transformarse en una eternidad. Olía a un hedor agrio y repugnante. Los huesos de C crujían como rosquillas al ser triturados por las mandíbulas de la fiera. Pese a la oscuridad me di cuenta de algo más; D roncaba a mi lado. El tralshkent era consciente. Sabía... creía, que los demás dormíamos, y ni siquiera se apresuraba en quitarnos la vida. Disfrutaba del momento, al igual que todo depredador se regocija con sus presas antes de matarlas.

Un alarido descompuesto y atroz me heló la sangre. Aunque en realidad me encontraba como flotando, insensibilizada, sabedora de que al primer movimiento que hiciera iba a estar muerta. Era D acababa de despertar, y como es natural, encontrarse aquel escenario había sido más duro que su propio poder de inhibición. En cambio yo jamás me explicaré qué diantre me mantuvo en silencio. ¿El mismo terror tal vez? Es muy posible. El Tralshkent lo mató de un violento zarpazo y yo permanecí inmóvil. ¿Por qué no acababa de una vez? ¿Sabía que yo era mujer y suponía que como tal, en términos físicos, era más débil y por ello más inofensiva?
Se equivocaba. El rifle estaba a mis espaldas. No había tiempo para resoluciones. Junté las mandíbulas, efectué un giro brusco y violento, lo sujeté con firmeza y disparé a bocajarro. El Tralshkent se revolvió hacia atrás y salió de la cueva. Apenas estuvo en el exterior cuando otro de su especie cayó sobre él. Se enzarzaron en una pelea salvaje. ¡Había dos! No lo dudé un segundo. Mi única y eventual salida consistía en una huida a campo abierto. Estaba casi condenada. De todas formas no tenía otro remedio, si aparecían más alimañas de aquellas estaría muerta en instantes. Sin que lo advirtieran, temblando de pavor y sudando de rabia, me deslicé al exterior por la abertura que se hallaba sobre mi cabeza.
Corrí durante quince minutos sin detenerme, hasta que resollando sin fuerzas, hallé otros peñascos. Me encaramé sobre ellos y ascendí a golpes y tropiezos. Encontré una brecha y me introduje en una angosta ranura. Y cuando estuve en su interior, enganchada como una serpiente, con la preclara intensidad de una máquina, mi mente se puso a trabajar; y mientras lo hacía, alcanzó conclusiones que obraron que mi corazón comenzara a desmoronarse. La primera pregunta resultó ser la siguiente: Si al menos había dos tralshkent cuál de ellos nos había atacado. Y si los tralshkent no podían oler ¿cómo nos habían encontrado? ¡No! No sabes pensar F. Piensa bien, hazlo de forma correcta. La cuestión es: ¿Cómo nos “ha" encontrado? Porque ha sido uno. Luego… claro. ¡Tenía olfato! ¿Tienen olfato? ¡Y por qué no! Todos los mamíferos lo tenemos, y además bien desarrollado. Entonces… El que carecía de el en concreto era “nuestro tralshkent,”deduje. Aquel que nos había estado siguiendo desde un primer instante. ¿Era un caso singular o se trataba de un tralshkent viejo que había perdido su capacidad olfatoria? Lo vi con claridad. Y la claridad se transformó de nuevo en terror.
Antes jamás lo habría hecho, pero en aquel momento comencé a rezar de forma exaltada, casi demencial. Y no recé por mí ¿cómo rezar por un alma perdida en la grieta de un paraje olvidado? Yo ya era alma en pena. Tampoco lo hice por mis compañeros fallecidos, ni por mi familia, ni por mis amigos, ni siquiera me importó la suerte que el mundo corriera a aquellas alturas. Recé, y lo hice con desmesura, porque fuera como fuese, nuestro viejo tralshkent, nuestro enfermizo e inútil tralshkent, se impusiera al recién llegado…

Epílogo.
¿Dios me abrazó? ¿O el viejo tralshkent se encariñó conmigo y me perdonó la vida? El caso es que parte de aquella noche la pasé en vela hasta que presa del agotamiento, caí rendida.
A la mañana siguiente Dios siguió estando más que nunca conmigo. Ascendí una colina y a mis pies divisé el espectáculo más divino que nunca haya presenciado. ¡Un poblado humano! Adecuadamente resguardado tras una recia empalizada.
Debo añadir, que verme llegar sola y ensangrentada de las montañas, pero sobre todo viva, constituyó un hito en aquel valle y me rindieron honores de diosa. Como es natural, nadie en absoluto me hizo preguntas sobre el paradero de mis compañeros. Estaba de más.
A la vuelta, mi deseo fue referir que todos ellos perecieron al caer despeñados por la brecha de un glaciar durante la ascensión a uno de aquellos picos inhóspitos.
- Y díganos ¿cómo es que usted se libró? Me asediaron los periodistas. Y yo, sólo supe responder.
- Divina providencia. Me liberé del enganche instantes antes por necesidades fisio…
- Ya. Entendemos las circunstancias, señorita. Perfectamente. No se preocupe.
Y en realidad yo ya no estaba en absoluto preocupada. ¿Por qué habría de estarlo…?
Los familiares organizaron la búsqueda de los cuerpos. Les pasé las indicaciones de un remoto glaciar y me limité a señalar que en donde estaban jamás los encontrarían. Evidentemente no hallaron rastro. Sólo yo sé dónde y cómo acabaron. Y cuando mi vida llegue a su término, también lo sabréis vosotros. La época del tralshkent expirará para siempre conmigo.


José Fernández del Vallado. Josef. 2007- 06-21. Arreglos: 2008-03-21

11 comentarios:

Mariel Ramírez Barrios dijo...

Impresionante
necesario el libro
me trajo a la memoria la caverna de Grenuille-
Se me erizaron los pelos de la nuca y eso es buena señal.
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Pozuelo


Comisaría para denunciar robo de cartera en Chuecas!!! tardé 7 horas ( yo vivía en los Molinos, y era una pobre extranjera con NIE!!!!!) porque si hubiera sido hispaniola me tocaba en Leganitos 29,o sea,a dos metros deLa Bodeguita!!!!!
jajajajaja!! besos

Vivianne dijo...

Tamaña historia,te enciende, te hace transpirar y te agitas como una hojita al viento, minuciosa, detallada al máximo, no te suelta te agarra como el temible monstruo, al cine mijo!!!

celebrador dijo...

Fantástico relato, enhorabuena

BUDOKAN dijo...

Hola, me ha gustado mucho este escrito que nos regalas. La verdad que siempre es un placer visitarte. Saludos!

muchadela torre dijo...

Nos regalas maravillas con tus palabras.Abrazos desde aquí Miami

GABRIELA dijo...

Wow!!!
que buen relato...
me voy con buena luz en los ojos y con buen sabor en la boca...
besos!!!

Leticia Zárate dijo...

Guau!!! Mejor que una película, lo ví todo completo en mi cabeza,(incluso creo que con mejores efectos).
Realmente eres muy bueno. Felicidades.

Buttercup dijo...

Me quito el sombrero,no puedo decir mas...
Si,te enlacé porque me gusta leer tus escritos,me alegro que haya sido una grata sorpresa para ti,me incluyo entre tus lectores.
Un abrazo...

Paz dijo...

Yo diria que una novela , que ata y te lleva hasta el final .

Paz/

UMA dijo...

Posees gran destreza para relatar, e insertar al lector sin aburrimiento.
Uno encuentra en ellos, mucho de sus propios fantasmas, y a lidiar con ello.
Un beso enorme.

mia dijo...

Me he quedado embelesada

por la belleza del texto,

la fineza del alma!

♥♥♥besos♥♥♥